Desde luego, somos increibles. No puedo evitar enfadarme mientras escribo esto. Enfadarme incluso conmigo misma, porque sé que yo también soy parte de esta locura colectiva. Yo también soy una caprichosa. Es curioso como, cuando vamos a la Universidad, nos quejamos de los exámenes y de lo tediosa que a veces resulta la vida del estudiante. Tiene gracia como, cuando nos convertimos en trabajadores, soñamos con aquellos tiempos que en su momento, valoramos mucho menos que en nuestros recuerdos de ellos. Qué complejas somos las personas. Cuando estamos en el paro nos sentimos unos inútiles, nos sobra el tiempo, nos invade la pereza y queremos trabajar. Pero cuando trabajamos, nos falta el tiempo, nos quema el trabajo, nos agobiamos, protestamos y envidiamos a los que pueden pasear por la playa sin la presión de ir corriendo a la oficina. Algo parecido pasa con los amores. Resulta sorprendente la distinta percepción que podemos llegar a tener de la soltería, según estemos de un lado u otro. Las solteras sueñan con encontrar el amor de su vida y viven con el estigma de ser unas "solteronas". Hasta el día que encuentran a "esa" persona. Entonces la repudiada soltería se convierte en algo "cool", en el símbolo de la libertad y de los nuevos tiempos ¡Qué afortunadas esas chicas libres que pueden comerse el mundo sin rendir cuentas a nadie! De pronto la vida ligados a una sola persona nos asusta. No podemos seguir alimentando la fantasía. Ya sabemos lo que vamos a hacer y con quién vamos a amanecer mañana ¡Qué poco excitante!Qué "aburrido"...
¿Qué pasa con nosotros? A veces, tengo la impresión de que somos una especie de máquina que fabrica sueños compulsivamente. Metas. Deseos. Nos pasamos media vida corriendo detrás de eso. Nos pasamos media vida viviendo un día, un mes o cinco años por delante del momento en el que realmente estamos, que nunca resulta suficiente. Y cuando efectivamente llegamos a eso, al sueño, nos inventamos un deseo más.
Y mi reflexión es: o somos unos inconformistas o partimos del planteamiento equivocado. Quizás eso que perseguimos, no existe. Quizás es como el horizonte, una línea que parece real, pero que es inexistente. No tiene sentido correr detrás de ella, porque YA estamos en ella. Quizás deberíamos plantearnos si es precisamente nuestra idea de lo que pensamos que nos hará felices, la que nos impide ser felices. Quizás deberíamos cuestionarnos si ese patrón de felicidad que nos venden va realmente con nosotros. Abrir los ojos a la existencia de otras posibilidaes. Y no perder de vista, jamás, que no tiene sentido correr. Que no tiene sentido pasar volando por los mejores años de nuestra vida. Porque ningún logro ni conquista material que hagamos en el futuro nos va a librar nunca de la sensación de que, ahí dentro, nos falta algo.

Estoy nerviosa. Escribo esto y noto un cosquilleo en los dedos, como si lo que va a salir de ellos fuera tremendamente importante. Una amiga me ha mandado un email. Y sus palabras han provocado una cascada de reacciones en mí. Le contesté, un texto largo y profundo, salido del corazón. Pero en el último instante mi pie apretó sin querer el botón de apagado en el ordenador y todo se fue al traste. ¿Quería el destino -o la casualidad- que compartiera todo eso que he visto con vosotros, en vez de reservarlo para ella?
Últimamente he pensado mucho en algo: como nos complicamos la vida. Es un pensamiento que se me viene a la mente una, y otra vez, y otra vez. Intento escapar de ese patrón, de esa tendencia loca que tenemos todos a hacer lo simple complejo y oscuro. Pero no puedo. Pensándolo me digo que la complicación es una trampa en la que caemos todos con los años, o eso parece. Cuando somos niños nuestra mente está abierta y libre, pero según crecemos la vamos llenando de estructuras, de complejas visiones de cómo deben o no deben ser las cosas. Construímos ahí un puzzle, como esos que tienen los críos en los que hay que encajar círculos y triángulos. Cogemos nuestras experiencias y nos esforzamos por meterlas en esos huecos, en los espacios de lo que ya teníamos previsto, de lo que debe ser. Y en algún momento del proceso, vivimos más en nuestras mentes que en la tierra que pisamos.

FOTO: SANDRA ÁLVAREZ - SUSANA LÓPEZ - URRUTIA
Me viene a la cabeza una escena. Chico, chica, abrazos infinitos en el portal. Los dos se agarran muy fuerte, sus cuerpos se aprietan hasta casi cortar las respiración, no se quieren soltar porque saben que entre los dos flotan como murciélagos miles de sombras, de dudas, de complicaciones. Quizás ni siquiera existen, pero están allí, en sus mentes, sobre sus pieles. Y cuando no están abrazados vuelan entre los dos, separándolos cada vez más y más. Son miles de motivos invisibles, una barrera cada vez más alta. Es difícil describirla, pero a ellos les gusta llamarla futuro. No pueden ser felices porque no ven claro el futuro.
¡Cómo nos gusta jugar a los adivinos! A veces tengo la impresión de que vivimos más en ese futuro que mentalmente proyectamos que en el mismo presente. ¿Qué ha sido de esos tiempos en los que vivíamos al día, de cuando eramos niños y no existían los meses, las semanas, ni más expectativas que disfrutar aquí y ahora de un juego, un beso, un abrazo o un helado? Sin juzgar. Sin pensar. Sin centrifugar cada momento una y mil veces en nuestra loca cabeza, dejándolo girar ahí, hasta destrozarlo, convirtiendo un pedazo de vida en algo masticado y aplastado por los delirios de nuestra mente y sus razonamientos.
A veces intuyo con casi total seguridad, que en realidad, complicarse buscando soluciones no tiene razón de ser porque todo es muy simple. El secreto, la respuesta al dilema sea el que sea, creo, no debe ser complicada, sino pasmosamente simple, como todo lo lógico. Y si es así, más vale que despertemos ahora. No sea que, mayores y viejos, descubramos demasiado tarde que quizás bastaba respirar. Sólo respirar. Que hemos perdido el tiempo.
Dedicado a mi amiga Nuria García, que fue mi última inspiración para escribir esto.
¿Pero qué clase de ideas tenemos en la cabeza?

Desde los dieciseis años, buscamos como locos a la persona "ideal". Y cuando algo falla, cuando algo se vuelve poco claro, apartamos a esa persona de nuestro lado y la convertimos en un fracaso en nuestra loca búsqueda, un "podía ser", pero no fue. Nos las damos de liberales, de que no nos gusta el "compromiso", pero en el fondo, no buscamos otra cosa que el dichoso compromiso por y para siempre, porque nos aterra quedarnos solos. No somos tan diferentes a los que vinieron detrás.
Da la impresión de que la meta máxima, la tendencia lógica de cada relación que empezamos es algo así como "juntos para toda la vida". Por eso, cuando las cosas se vuelven confusas, dudosas, no nos sentimos capaces de continuar porque, ¿a dónde nos lleva esa historia?
Esa, y sólo esa pregunta, es el maldito problema. ¿Por qué queremos llevar todas nuestras relaciones hacia ese sitio? ¿por qué parece que el único final feliz posible es morir en brazos de nuestro amante compañero, viejos y rodeados de nietos y críos? En el fondo, cargamos con una expectativa que no deja sitio a la improvisación, a la historia diferente, a la felicidad no fabricada en Hollywood. Porque el secreto, empiezo a sospechar, está en vivir lo que nos toca, respirarlo, disfrutarlo, sin más. Sin expectativas.Sin pensar cómo deben o no deben ser las cosas. ¿Por qué rayos nos creemos tan listos? Si tanto sabemos acerca de cómo ser felices, ¿por qué no somos felices?
Y unos morirán viejos y felices, con su amor de los quince años. Y otros, quizás lo haran con sus recuerdos. Con el de aquél amor, casi un desconocido, con el que hizo un viaje locura, ese otro que le enseñó de la música, ese con el que se baño desnuda en el mar, ese que le enseñó el millón de maneras de amar, ese con el que debatía sobre la vida y la muerte y aquél con el que miraba las estrellas.
Porque de eso se trata. De vivir. Nuestra historia. Sin dramas. Sin búsquedas tormentosas. La que nos toque.
Y yo no pienso dejar de lado la mía solo porque hubiera esperado otra cosa.
"A lo largo de los cruces de tu camino te encuentras con otras vidas: conocerlas o no conocerlas, vivirlas a fondo o dejarlas correr es un asunto que sólo depende de la elección que efectuas en un instante. Aunque no lo sepas, en pasar de largo o desviarte a menudo está en juego tu existencia, y la de quien está a tu lado"
(Susanna Tamaro, "Donde el corazón te lleve" )
FOTO: JAVI SÁNCHEZ (Susana - Ane López-Urrutia)

Es una intuición. Una sensación. El viento tiene un olor distinto, ya no huele a sol. En la playa hay más de un metro cuadrado para elegir dónde poner la toalla, y los miércoles por la noche en las terrazas de la ciudad empiezan a quedar demasiadas sillas vacías. De pronto, las calles vuelven a ser para los de siempre. Y en el paseo ya no hay extranjeros con mapas, mirando extasiados el mar. No habías terminado de gozarlo y ya huye de tus manos. Se te escapa el verano.

FOTO: SUSANA - ANE LÓPEZ URRUTIA
Y ahora, paseando por una arena con pocas pisadas más que las de las gaviotas, te dices que esto es como una especie de Año Nuevo anticipado. Unos cuantos hacen las maletas en busca de sus sueños, otros, los que ya dejaron de perseguirlos, guardan la sombrilla y vuelven resignados a sus rutinas.
¿Y a qué rutina vuelves tú? Quieres preguntarle al mar. ¿Qué tienes ahí para mí, eh, y cuándo demonios me lo vas a dar?
Y el mar no responde. Porque te toca esperar. Y lo sabes. Siempre fuiste una maldita impaciente. Pero sonríes. Porque es verdad, que no quedan días de verano, que sí, que el tiempo se los llevó, que se llevó también a tu amor, sí, sin besos de despedida y sin palabras bonitas. Sí... Pero en el horizonte, allí donde no llega la vista, ya asoman caras nuevas, nuevas historias, amores y desamores, amigos y enemigos, alegrías y penas. Y si supieras cantar, si supieras componer, le cantarías a las olas que de todas formas estás feliz, porque sí, porque así es la vida, que no sabes, que no sabes nada. Que ignoras donde irás, con quién dormirás, a quién besarás, y dónde, y cómo, harás el amor dentro de quinientas noches. Y sí, eso es la vida. El maldito misterio. El misterio perfecto. Que vuelve en septiembre...
Que faltaba la chispa, decías. me hizo gracia porque las "chispas" entre personas, la química, la "conexión", o es o no es, o la hay o no la hay, pero no aparece y luego se desvanece. Los que tienen química, esa clase de química que te hace abrir tu corazón a un pseudo-desconocido en cinco minutos, la tienen siempre y para siempre. Es algo que "está", que intuyes desde el minuto cero. Otra cosa es que en ciertos momentos la chispa brille con menos fuerza. Pero está ahí, aunque sea detrás de las nubes.

Pero a la química, que puede con casi todo, le hemos dejado demasiadas responsabilidades. Entre ellas, la de hacernos felices. Porque en el fondo, cargamos con el sueño infantil de que encontraremos la "conexión perfecta", la perfecta mitad para nuestra media naranja desolada. Y pensamos, eso nos hará felices. Condenadamente felices. Y estamos condenadamente equivocados. Y somos unos condenados egoistas.
Porque no pretendemos otra cosa que cargar con la tarea más dura de nuestras vidas -la de ser felices- a otro ser humano. Porque no somos capaces de pisar por este mundo con pasos seguros, paz y una sonrisa en la cara y pretendemos que otra persona nos de todo eso. Porque vamos por ahí, con nuestro vaso de vino medio vacío suspirando porque alguien lo llene y nos haga sentir bien.
Y no funciona así.
Por eso las personas perdidas nunca podremos amar. Porque el mundo más allá, el universo personal de quien tenemos en frente no se ve bien cuando en vez de mirarle a los ojos nos miramos al ombligo.
Porque el auténtico amor, me contaron a mí, es el de dos personas que tienen mucho que dar y nada que pedir al otro, porque fueron capaces de ser felices por sí mismas.
Y un día, en un bar, chocan sus vasos de vino bien llenos, hasta arriba. Y los cristales de las copas rompen, y se mezclan los vinos. Y entonces, solo entonces, los dos están borrachos de auténtico y verdadero amor.
Y ese mismo día, en la mesa de al lado, dos espíritus perdidos brindan con sus copas medio vacías. Ella no tiene ni idea de qué hacer con su vida, pero de momento le basta con él. Él no tiene ni idea de qué hacer con la suya, pero le basta con los mil sueños improbables que corren por su cabeza, por donde ahora corre ella también. Fueron felices. Mucho. Durante un tiempo. Hasta que el aire vacío de sus copas empezó a ahogarles con las cosas que les faltaban y no eran capaces de darse.
Ella lloró un poco. Toda la noche. Pero al día siguiente se levantó lúcida y decidió que ya había hecho esperar demasiado a su felicidad. Por primera vez en su vida lo veía clarísimo: la felicidad es una búsqueda personal de cada uno y no tiene nada que ver con el amor de verdad. Porque el amor de verdad es el premio. El premio a los que conquistaron su felicidad por sí mismos, y después, se atrevieron a compartirla.