FOTO: JAVI SÁNCHEZ DE LA VIÑA
TEXTO: S. L. U.

Septiembre es un mes extraño. Su página pasa desapercibida en el calendario, eclipsada por el viento salado de agosto y el frío punzante del invierno. Nadie compone canciones para el insulso Septiembre: el mes ese a medio camino de todo y de nada que ni fu ni fa: ni verano ni otoño; ni tirantes, ni cazadora; ni frío, ni calor. Nada. Y sin embargo, por tercer año consecutivo, Septiembre me tiene noqueada. Aturdida. Escribiendo a las tres de la madrugada. Y no sé si hacerlo de esa insospechada felicidad veraniega que me hace correr por Madrid como si sus calles fuesen una infinita playa de arena o de ese otro sentimiento que, de repente, me obliga a frenar súbitamente y que hace desvanecerse el espejismo: el vacío. El miedo a no saber -un año más- en que dirección soplará el viento y a dónde piensa llevarme. La impotencia de no poder dar yo las órdenes y saberme un barco de papel en manos de yo qué sé.
Para los que, como yo, aún no hemos llegado a puerto Septiembre es un año nuevo camuflado.Llegamos a el con el impulso del verano, torpes, con una copa todavía en la mano y el olor a crema en la piel. Queremos seguir la fiesta. Y, de repente, cae un chaparrón y nos damos cuenta de que tenemos una vida que sacar adelante y que, quizás, entregársela a los sentidos no es la mejor forma de hacer carrera. Ese es el dilema de Septiembre. La encrucijada que lo hace puñetero y encantador: el ansia de vivir aquí y ahora contra la presión de encontrar el rumbo y el futuro. La irracional juventud, esa que sólo piensa en besos, de la mano de nuestra parte más adulta.
Qué locura, ¿no?
Mirando mis archivos veo que llevo tres años repitiendo el mismo esquema. No sé si me gusta o no. Aunque una parte de mi sospecha que el día en que sin más, recoja mi sombrilla, cierre la maleta y vuelva al trabajo habré perdido una parte de mi juventud para siempre.
Empecé este blog hace tres años, allá por junio de 2007. Formaba parte de un proyecto personal que me gustaba llamar -secretamente- 'La Mujer Transparente'. Mi teoría -más o menos. era que las personas, raramente se conocen unas a otras como es debido. Sintiéndome, yo también, presa de ese etiquetado rápido con el que nos clasificamos los unos a los otros, tomé una decisión: publicar mis sentimientos y ponerlos al alcance de todos.

Algunos pensaron que había perdido los papeles. Y creo que en cierto sentido, lo hice. No tengo dudas de que he llegado a exponerme por encima de los límites de lo permitible. La influencia que eso haya podido tener en mi vida no la conozco, pero la sospecho. Y sin embargo, la experiencia ha merecido la pena. Durante estos años, decenas de personas se han puesto en contacto conmigo por email o Facebook para darme las gracias por algo que había escrito. Otras muchas -amigos y conocidos- me han asegurado que leer mis reflexiones les ha inspirado o ayudado. No sé expresaros lo feliz que eso me hace.
Si hay algo que me ha sorprendido, es cómo personas de tan distinto tipo se han "enganchado" a los pensamientos de esta chica "loca. Adolescentes, jóvenes, mayores, mujeres y hombres, ¡muchos hombres! Creo que después de todo, mis teorías iniciales se han cumplido. Y como yo sospechaba, las personas somos bastante similares. Detrás de las apariencias, todos somos seres humanos, compartiendo similares sueños y miedos. Todos buscamos el amor, a todos nos asusta la soledad, todos somos incoherentes a ratos y todos queremos ser felices.
No sé vosotros, yo sigo con mi búsqueda. El proyecto continúa desde un nuevo servidor. Podéis encontrarme en:
http://diarioimperfecto.wordpress.com
Encontraréis algunos cambios. Habrá más actualizaciones y los artículos se mezclarán con otras cosas (vídeos, etc.) que a mí, personalmente, me resultan inspiradoras y que me gustaría compartir con vosotros. Gracias por seguirme en esta aventura. Espero seguir contando con vuestro apoyo en el nuevo (y más serio) proyecto que estoy a punto de empezar.
Un Besazo. Suzanne
~FOTOS Y TEXTO: S. L. U.
No podemos negarlo. Y el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra. A los veinteañeros nos encanta dejarnos querer, conquistar y ser conquistados, sabernos mirados, guapos, codiciar y ser codiciados, tontear... llámalo "x". A los veinti-y nuestras charlas ya se han teñido de contenido y nuestras inquietudes abarazan temas que competen a esa edad llamada "adulta": nos preocupa nuestro futuro, queremos saber qué vamos a hacer, cómo y cuándo, queremos sentar los cimientos que nos conviertan en los hombres y mujeres que están a punto de tomar las riendas. Y sin embargo, el amor y sus secuaces -el sexo, la lujuria, lo excitante, la aventura- siguen dominándonos. Carrera, profesión y posición palidecen al lado de esa emoción trepidante, capaz de llevarnos a los lÃmites de la experiencia. Queremos crecer, pero por encima de todo queremos ese sentimiento: los pelos de punta, las mariposas, los besos, los nervios, la piel contra la piel, la risa tonta, sentir, oler, tocar: volvernos locos. En la década de los 20, el amor más que ninguna otra cosa sigue aportando el sentido.
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El amor a los veinti-y deberÃa ser fácil. Un impulso. Un canto de sirena. Una llamada que, aún libres de compromisos y obligaciones, seguir sin demasiados miramientos. Si caemos, caÃmos. Si sufrimos, sufrimos. A los veinti-y todo cura y nada tiene demasiadas consecuencias. Más que en ningún otro momento de nuestras vidas, somos libres de probar y fallar. Los finales no son fracasos, sino experiencias, el tiempo jamás es perdido y una puerta que se cierra abre un millón de ventanas.
Sabemos o sospechamos que el verbo amar tiene un millón de definiciones más allá de la más romántica acepción del término. Ahora y sólo ahora podemos experimentarlas. Sentimos que llevamos algo grande ahÃ: llámalo belleza, llámalo vida. La necesidad de expresarlo quema por dentro a ratos. Y en esos momentos, queremos querer. A nuestra manera. Con nuestros matices. Por una noche, un año, un mes, quizás un par de horas. A un amigo, a un amor, a un pseudo desconocido. A quien sea que le lata a nuestro loco corazón. Si el fin lógico de cualquier camino es llegar Roma, el fin lógico de los nuestros es que no importa el destino, ni si lo hay. Aferraremos los cabos sueltos, perseguiremos al eslabón perdido, elegiremos el callejón sin salida. Somos libres. TodavÃa. Tenemos poco que perder. Y todo por vivir.
~FOTOS Y TEXTO: S. L. U.
Basta una mirada. Un gesto. Un comentario inoportuno. Un descuido, una bajada de guardia, y ya lo sabes. Que no es tan "corriente" como aparenta. Que su personalidad tiene una secreta complejidad, una rareza. Que ya puedes sumar a esa persona a tu lista de gente no-tan-normal -que sigue aumentando-. Mientras lo haces, te dices mentalmente que es sorprendente lo complejas que somos las personas. Nos esforzamos por aparentar que todo fluye ahà dentro con una lógica, que somos coherentes, que tenemos sentido. Pero a ratos se nos cruza el cable y nuestro propio misterio se vuelve contra nosotros. Nos sentimos vulnerables, confusos, "rayados". Y por encima de todo, sentimos que no sabemos quién somos.
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Adoro a la gente con incoherencias, debilidades, puntos oscuros. Me parecen reales. Auténticos. Cuando pillo a alguien asÃ, su misterio me engancha. Me digo a mi misma que por fin he cruzado a alguien de verdad: a una persona, con todo lo que implica serlo. Creo que vivimos en un mundo que nos ha educado en la inhibición. No se nos permite expresar las rarezas inherentes a nuestra naturaleza y, en general, no se nos permite expresarnos en absoluto. Hay que ser positivos, levantar la cabeza, sonreÃr, salir de fiesta. Parece una buena filosofÃa, pero termina por convertirnos en hipócritas. Todo va bien, todo es perfecto, ¡qué felices somos! Lo proclamamos a los cuatro vientos. Subimos fotos a Facebook. Y sin querer, alimentamos esa espiral: esa que prohÃbe a las personas ser tales: complejas, a ratos raritas, dolidas o tristes. Esa que nos prohÃbe llorar un poquito un dÃa de esos de bajón inexplicables, soltar cuatro burradas, quedar en casa un sábado por la noche o admitir públicamente que existen ciertos momentos en los que el carpe diem satura y lo único que te parece la vida es, sencillamente, una mierda.
Quizás suene fuerte. Quizás suene dramático. Pero asà somos las personas: nos gusta hacer la montaña del grano de arena, exagerar, montar la escenita. Y tenemos derecho a ello. Ya seremos felices otro dÃa.

FOTOS Y TEXTO: S. L. U.
Hay una pregunta que me ha estado rondando ultimamente: ¿quién somos? O mejor dicho, ¿somos por nosotros mismos o necesitamos a los demás para ser "alguien"? Con 24 años y unas cuantas relaciones de todo tipo a mis espaldas, -amigos, amores, amantes, personas indefinibles...- hay algo que no deja de sorprenderme: cómo cada persona a la que dejamos entrar en nuestras vidas nos hace sentir una persona diferente. Pensándolo, creo que queremos a los que queremos no tanto por ellos como por nosotros mismos: nos enganchamos a lo que la gente nos hace sentir, a las personas en que nos convertimos en su presencia.
Un amigo me contó una vez la historia de otro amigo suyo que estaba locamente enamorado de una chica a la que no era capáz de olvidar: decÃa que nadie en la Tierra podÃa hacerle sentir como ella lo hacÃa. Con ella él era, simplemente, mejor. Mi amigo decÃa a esto que ese sentimiento, "eso" que él sentÃa, no tenÃa nada que ver con ella. VivÃa en él. Ella solo era la persona que apretaba los botones para que "eso" se manifestase. Pero el poder estaba en él y nada más que en él.
Mi amigo y yo solÃamos discutir bastante y si lo tuviera aquà delante probablemente discutirÃa con él sobre esto. Una vez, en una conversación que no recuerdo, yo le dije algo asà como que todos estábamos "conectados" y él se rió de mà durante dÃas. Resulta curioso, pero creo que este caso, más que ninguno otro, demuestra que en verdad sà existe alguna impensable conexión entre nosotros. Las personas somos como una loca combinación, una especie de canción que no puede existir sin el músico que la interpreta. Por eso, dependiendo de con quién nos juntemos, nos volvemos una versión única e irrepetible de nosotros mismos. Hay con quienes nos volvemos locos, vividores y soñadores; con quienes reÃmos todo el rato; con quienes parecemos maduros y decimos cosas sensatas; con quienes siempre desembocamos en conversaciones tediosas; con quienes siempre terminamos discutiendo; con quienes nos volvemos banos y supérfluos; con quienes nos volvemos transcendentales; quienes nos hacen ridÃculos, inmaduros e inestables; quienes nos provocan accesos de sarcasmo y humor negro y esas personas mágicas que nos aportan la sensación inigualable de ser, por encima de todas las cosas, "nosotros".
Si tuviera que apostar, dirÃa que en esto reside el 60% del éxito de cualquier relación. No somos nosotros. Es la combinación, la música. A veces la melodÃa es mala y otras, simplemente, no es la adecuada en ese momento. Las personas, dirÃa yo, somos canciones. Y hay canciones para todo: para una noche, un verano, para las cosas serias y las divertidas, para los 20 y para los 30, para una cena, para una fiesta, para pensar en todo, para no pensar en absolutamente nada, y también, para una vida... En el fondo, algo me dice que esta es una de esas verdades ineludibles que hay que aceptar sà o sÃ. Porque cada relación, como cada canción, tiene su tiempo, su espacio y su cometido. Y la música, como todo, también se acaba.
Lo malo de las cosas bonitas es que se lleva mal perderlas. Parece que todo tiene trampa en esta vida, y lo malo de lo mejor es que, cuando se va, hace daño. Más daño que ninguna otra cosa. Asusta. Confunde. Tu felicidad ahora te ha dejado un montón de recuerdos. Más que bonitos. Excepcionales. Y tú no sabes qué demonios hacer con ellos. La gente te dice que los envÃes al olvido. Que los elimines. Pero a tà eso te parece un crÃmen. Una tonterÃa. Algo asà como matar una canción. Como quemar una historia recién escrita. La más bonita de todas.
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 FOTO Y TEXTOS: S. L. U.
Algo ahà dentro te dice que la única cosa que nadie puede quitarte son tus recuerdos. Que, pase lo que pase, lo que viviste lo viviste. Y es tuyo. Tu vida. Tu historia. No vas a ser tú la que borre sus mejores partes. Algunas igual duelen un poquito. Pero has aprendido que hasta las despedidas pueden ser bonitas. Que hasta en un adiós se puede encontrar un poco de felicidad. Que lo negro también es blanco. Que no hay blanco, sin negro. Sabes que la tristeza y la alegrÃa viajan en el mismo tren. Y no quieres perderte ese viaje. Por eso lloraste de alegrÃa mientras le decÃas adiós. Y hasta se te escapó la risa. Y querÃas irte a tomar unas copas después de haber cortado. Porque en ese triste momento, también encontraste la felicidad. Inapropiada, inoportuna, pero felicidad, después de todo. Felicidad por lo que viviste. Felicidad por lo que te llevas. Por lo que recuerdas. Una historia asà no puede convertirte en una vÃctima. Eso sà serÃa un pecado.
Sabes cómo funcionan los recuerdos. En un momento te sacan una sonrisa y en el otro te clavan un cuchillo. Pero estás dispuesta a vivir con eso, porque sabes que de eso va este juego. Algunos no quieren jugar. No sacan las fichas de casa. Prefieren quedarse ahÃ, en lo seguro. Pero tú sabes que sólo hay una oportunidad. Y estás dispuesta a darlo todo por la meta. En el manual de instrucciones pone que lo vas a pasar muy mal. Que vas a llorar. Que te vas a sentir estúpida. Que fallarás. Que te partirán el corazón. Que tendrás miedo. Que fallarás otra vez. Que no entenderás nada. Y tu respuesta a todo eso es:
¿Y qué?
Tú vas a vivir una vida real. Quizás duela. Pero no te importa. Porque hay una sola cosa que dolerÃa mucho más: no vivirla.
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FOTOS: S. L. U.
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No sé qué tiene el invierno. Lo coges con ganas, pensando en chocolates calientes, nieve, bufandas de lana y arrumacos bajo el nórdico de la cama. Pero te agota. Sus cielos grises caen a plomo sobre tu espÃritu, y poco a poco, tú misma te vuelves una sombra gris, como sus nubes de lluvia.
El invierno se bebe tu vitalidad. Poco a poco. Discretamente, pero imparablemente. Hacia diciembre aún lo disfrutas, cuando todavÃa te quedan reservas de calor y la marca del bañador no se ha borrado en tu pecho. En marzo tu cuerpo tiene ganas de gritar, y tus piernas entumecidas por el frio quieren correr y instalarse en el otro hemisferio. Vestir faldas de flores, y enseñar los dedos de los pies. Saltar, correr por la playa. Librarse de ese gélido inquilino que ha traÃdo el hielo a tus sueños y a tu corazón.
En invierno el miedo da más miedo. La soledad hace sentir más solo. La incertidumbre ya no puede espantarse con cervecitas, culines de sidra y pipas después de la playa. El invierno os deja solos: a tà y a tus dudas. A tà y a tus miedos. A tà y a la vida que has elegido. Sin paños calientes. Sin nada que te distraiga del hecho de que hay algo ahà que no convence. Que a tu puzzle siempre le falta una pieza, y que ahora te queda un poquito menos de tiempo para encontrarla. Que te sientes vacÃa.
Ojalá pudiera dormir el invierno. Hibernar, aún pletórica, morena y oliendo a sal. SoñarÃa con el mar, y con los buenos tiempos. Y cuando los cielos grises cubriesen los azules, allá por septiembre, le dirÃa al invierno "espera guapo, que me voy a acostar. Nos vemos en mayo. Cuando te hayas dormido..."
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